La responsablidad de nuestras acciones

A estas alturas, cualquiera sabe que es, casi siempre, responsable de sus acciones y de sus decisiones. Y también que no existe la acción, ni la decisión, ni nada en la vida, perfecta. No hay ninguna que tenga sólo consecuencias positivas para todo el mundo en cualquier momento.

Leyendo el párrafo anterior, no es de extrañar que a menudo nos cueste muchísimoo tomar una decisión o hacer algo. Por miedo a que salga mal, preferimos dejarlo pasar. Que tome la decisión alguien más, que lo haga otra persona y, si sale mal… será culpa suya.

La culpabilidad de la mala decisión

Esa palabra es la clave. La culpa. Asociamos ser responsables con ser culpables. Y si no lo hacemos o si no decidimos, pues estamos evitando tener la culpa de nada. No fui yo.

Es un camino que parece cómodo. Por lo menos, no te equivocas nunca, no te puedes arrepentir y no se te puede culpar de lo que haya salido mal, ¿qué más se puede pedir?

Pues se puede pedir más. Se pueden poder conseguir cosas, estar orgullosos de éxitos, que haya cosas hechas gracias a nosotros. Y eso es bonito. Esa sensación de orgullo, de valía, de capacidad para ponerse nuevas metas y trabajar en ellas, es reconfortante. Es motivadora.

Y todavía hay algo peor de no decidir. Que es mentira. No tomar una decisión, es tomar la decisión de dejar pasar ese tren. No hacer algo, es también actuar. La indecisión absoluta, no existe.

La responsabilidad en el coaching

Con el coaching, una de las cosas en las que más se trabaja es en la responsabilidad. La de ser feliz, la de elegir nuestro futuro y nuestra forma de ser, la de tomar nuestras decisiones y responsabilizarnos de ellas, de las acciones y sus consecuencias.

Y es bastante habitual que, al examinar una acción pasada cuya consecuencia no nos gustó, cuando preguntamos al coachee qué podría haber hecho diferente, nos dé la siguiente respuesta:

– Oye, que no fue culpa mía

No se había mencionado la culpabilidad en ningún momento, sólo se estaban explorando otras posibilidades para poder escoger algo diferente en el futuro, algo con consecuencias mejores para nosotros. Pero nuestra cabeza se va a la culpa, a explicar que no somos culpables.

Tenemos más presente la culpa que el orgullo. Preferimos no conseguir algo, si eso nos garantiza no equivocarnos, que conseguirlo y tener la satisfacción de haberlo logrado, aunque haya habido algún error de por medio.

La gestión del error

Nos cuesta gestionar el error. Lo asociamos a incapacidad, a falta de conocimientos o habilidades, a torpeza y a culpa. A mucha culpa. Mejor evitarlos.

Hay una serie en la que se ve esto muy bien. Es una serie que me gusta, pero en la que repiten varias veces por capítulo que “no teníamos otra opción”. Y es que se enfrentan a decisiones complicadas, con consecuencias muy negativas. Pues cada vez que reflexionan sobre lo que ocurrió, la revuelta, la guerra, las muertes que provocaron, su conclusión es “no teníamos otra opción”.

No lo decidieron, lo hicieron porque no tenían otra opción. Se eximen de responsabilidad constantemente, capítulo tras capítulo, y no nos choca, porque también lo hacemos en la vida real. ¿Por qué? Si por mucho que justifiquen, se ve que sí se sienten culpables. Su estratagema no sirve.

Quizás porque también es obvio para cualquiera que sí están eligiendo. Eligen hacer lo primero que se les ocurre, lo que parece más obvio, no ir más allá, no plantear alternativas más originales. Y es que también nos pasa eso en la vida real. Nos ahorra tiempo pensando, nos evita explorar nuestro comportamiento, nos salva del nerviosismo de probar algo nuevo, de aprender a hacer algo, de hacerlo las primeras veces con torpeza… y de que nos podamos equivocar de manera visible. Que lo vea todo el mundo.

Mejor que lo haga otro, que así, si se equivoca, es culpa suya y nos podemos quejar de lo que nos pasó, por culpa de ese otro que lo hizo mal. Lo cuenta muy bien este vídeo:

Si tomamos la decisión, si actuamos para conseguir lo que queremos, podemos conseguirlo. Y eso es ilusionante, nos empodera, nos sentimos capaces. Pero también podemos olvidarlo, equivocarnos, hacerlo mal…  y sentirse culpable es muy duro.

La posibilidad de cambio

¿Tiene solución este dilema? Sí, por supuesto. Es ver los errores como algo más pequeño de lo que los vemos. Si nos equivocamos, pues nos tocará pedir perdón y subsanarlos. Y no es difícil, es sólo cuestión de comerse un poquito el orgullo de fingir que todo lo hacemos bien. Pero no lo tendríamos tan sensible si actuásemos más a menudo. Si, en medio de algunas cosas que hacemos regular, conseguimos hacer un montón de cosas bien. Como cada vez que actuamos.

Y es que hacemos muchas más cosas bien que mal. Aunque nos acordemos mucho más a menudo de la que salió mal. Pues cambiémoslo, elijamos de forma consciente revisar por la noche las cosas que nos salieron bien. Y hacer muchas más al día siguiente, que la mayoría también saldrán bien.

A ti, ¿qué decisiones te cuesta tomar por miedo a equivocarte? Y…¿qué puedes hacer diferente?

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